Pese a la pandemia, el triatlón cada vez suma más adeptos

on las 18.30 de un jueves tórrido en un muelle contiguo al club de pesca Noa Noa, en uno de los extremos de la bahía de playa Ramírez. De a poco, van llegando los triatletas del JML Team. Dejan sus bicicletas de ruta en los caminos de piedra y comienzan los preparativos. Muchos trajes de neopreno, bastantes gorras, algunos menos, flotadores del tipo boya. Son hombres y mujeres, algo menos de 20, más hombres que mujeres, de 30 años para arriba. Preguntan a los que ya están en el agua qué tan crecida está (mucho), si hay corriente (poca), si está fría (para nada) y si hay aguavivas (casi ninguna, pero sí hay tapiocas). Llega Juan Manuel Lauro (39), profesor y director del equipo que lleva sus iniciales, cuatro veces seguidas campeón uruguayo de triatlón, entre 2009 y 2012, y ordena los ejercicios: mover los brazos para calentarlos, como en una brazada, favoreciendo la circulación sanguínea. Y al final, todos al agua.

La Ramírez a esa altura es un prodigio de agua verde y clara, increíble para aquellos que crecieron en las épocas previas al colector. Los deportistas están haciendo drills (ejercicios correctivos), que pueden incluir patas de rana o manoplas, para perfeccionar el nado sobre un fondo rocoso donde solo en determinados puntos permite hacer pie. Las boyas para nadar (la mayoría comerciales y algunas de ellas caseras, hechas con botellones de seis litros de agua mineral) no dan ninguna ventaja deportiva ni garantizan flotabilidad; de hecho, según cuenta un atleta con bastante humor negro, su utilidad no es muy distinta a la caja negra de un avión en caso de un accidente en el agua. No están solos. La pandemia llevó a un pueblo a las aguas abiertas: a los triatletas, a los Nadadores de Agua Fría (NAF) y a socios de clubes como Defensor, Hebraica, AEBU o el Banco República.

Más allá de que las playas tradicionalmente fueron usadas por el triatlón en verano, ya que las competencias oficiales son en aguas abiertas, las piscinas eran fundamentales para el trabajo técnico. Covid-19 mediante, de 2020 a hoy esto prácticamente no pudo ser. “En estos tiempos tuvimos que volver a trabajar en la naturaleza”, dice Lauro, que en total entrena a unas 70 personas entre turnos matutino, vespertino o a distancia.

El viernes, 6.30 de la mañana, unos pocos valientes hacen lo mismo pero desde el Kibón de Pocitos, desafiando a un tiempo que no se decide entre llovizna, lluvia o simplemente tiempo espantoso. A veces usan esa bahía; otras, la de la playa Verde. Es el Equipo Koru, dirigido por Santiago Aldao (33), campeón nacional de triatlón en 2016 y 2017 y tricampeón de duatlón 2015-2016-2017: esto es, solo bicicleta y correr, variedad que la Unión de Triatlón del Uruguay organiza (organizaba, en épocas de vieja normalidad) en los meses fríos para mantener el ánimo de los competidores, cuando las aguas abiertas no están nada amigables. “Hay gente que practica triatlón como un desafío o una meta personal”, dice este profesor de 60 atletas, repartidos equitativamente entre sexos, y con edades que van de 13 a 68 años.

Correr, dicen los fanáticos del running, es adictivo; pero llega un momento en que no es suficiente. Lo mismo pasa con la bicicleta y también con la natación. Llega un momento en que aburre, que el cuerpo pide más, que una sola disciplina no es suficiente, que buscan nuevos desafíos. De esta forma coinciden varios deportistas “insaciables” a la hora de explicar su aterrizaje, o acuatizaje, en el triatlón. Como si se tomaran a pecho el lema olímpico “Citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte), esta gente simplemente quiere más.

Un deporte joven que está creciendo. “Es uno de los deportes más divertidos de entrenar, porque combina tres disciplinas fuertes. Además, es uno de los deportes más jóvenes que existen”, dice a Galería Líber García, presidente de la Unión de Triatlón del Uruguay y de la Federación Panamericana de esta disciplina, así como integrante del Comité Ejecutivo de la World Triathlon. Esta última, la federación internacional, fue fundada recién en 1989. Tan cerca como en 2000 el triatlón fue incluido como deporte olímpico. “Es el deporte que más crece en el mundo”, arriesga por su lado Lauro.

Según los números de la Unión, en Uruguay hay unas 800 personas que practican triatlón en sus distintas categorías. La más conocida es la olímpica, que consta de 1.500 metros de nado en aguas abiertas, 40 kilómetros de bicicleta y 10 kilómetros de carrera a pie. La modalidad sprint es exactamente la mitad: 750 metros, 20 y cinco kilómetros, respectivamente. Y está el ironman: que se traduce en 3.800 metros de natación, 180 kilómetros pedaleando y una maratón (42,195 kilómetros) para rematar. Ni siquiera estos son los extremos: hay una variante infantil de 200 metros de natación, cinco de ciclismo y uno de carrera a pie; y está el ultraman, con un recorrido total entre las tres disciplinas de 515 kilómetros, a lo largo de tres días.

La Unión está compuesta por cinco clubes y, según García, están a un paso de incluir a tres más. También hay unos 10 grupos de entrenamiento (como JML o Koru) distribuidos a lo largo de todo el país. Es que en un año de actividad normal (que está suspendida por razones archisabidas), habría fechas de competencia en las canteras del Parque Rodó, Pajas Blancas, Punta del Este, Piriápolis, Paso de los Toros, Carmelo, Flores y Durazno. A nivel adulto, 23,8% de triatletas son mujeres. Eso promete cambiar con un proyecto iniciado en 2010 llamado Triatlón en los 19 Rincones, que apunta al público infantil en todos los departamentos del país, con escuelas de iniciación en el deporte, al que asisten unos 1.500 niños. “Ahí hay 48% de niñas”, dice el directivo. Lo habitual sería que se estuviese disputando en estos días la temporada de triatlón, con el clima que permite nadar en aguas abiertas, entre noviembre y abril. El 20 y el 21 de enero iba a disputarse el Campeonato Iberoamericano en las canteras del Parque Rodó. No pudo ser. “Lo que han logrado los triatletas- es mantenerse entrenando por las suyas. Nuestra federación ayudó con jornadas de training vía Zoom para mantener vivo al deporte y en alto la moral de los competidores. Hicimos cursos internacionales para los entrenadores, que son fundamentales. Es que ellos son quienes han mantenido activos a los grupos de entrenamiento”, concluye García.

Deporte para gente “estable”. Viernes, 19.30. En el “kilómetro 3” de la rambla, más o menos frente al Hotel Ibis, el JML Team, ataviado con sus colores rojo, blanco y negro, arranca a entrenar bicicleta. El circuito partirá desde ahí y tendrá como extremos la escollera y las canteras del Parque Rodó. La indumentaria uniformiza a los deportistas: ingenieros, médicos, docentes, carteros o médicos. Esta es una actividad común a todos los grupos; por caso, el Koru se encuentra para pedalear en la plaza Gomensoro.

Líber García dice que el triatlón históricamente es practicado por gente que tiene entre 30 o 50 años, aunque se está buscando bajar ese promedio de edad. No solo se debe a que sean deportistas que llegan a él buscando un nuevo desafío, tras años de solo correr, solo rodar o solo nadar. “Uno empieza a entrenar triatlón cuando ya pudo ordenarse en la vida, conseguir una cierta estabilidad económica, familiar. Aparece cuando uno puede darse el gusto para uno”, opina Juan Lauro.

Y esto no solo se debe a la necesidad de dedicarle tres horas diarias a entrenar (y según los días se nada, se rueda, se corre o se hace dos de esas), sumadas a alguna bicicleteada “de fondo” (a Atlántida o incluso Punta del Este) los sábados. Un traje de neopreno cuesta entre 150 y 250 dólares; el body -traje común a las tres disciplinas-, otros cien; una bicicleta de ruta varía entre 600 y 5.000 dólares; a lo que se le tiene que sumar casco de bicicleta, gorras y antiparras para nadar, championes… Un entrenador puede cobrar entre 2.000 y 3.500 pesos al mes por alumno.

Es que entre los costos se incluye materiales como boyas para indicar los circuitos en el agua, las rutinas especializadas y el alquiler de una piscina, fundamental para el entrenamiento de la técnica.
No es un deporte barato y no es para cualquiera. Santiago Aldao -cuyo equipo tiene al naranja como color predominante- dice que a la ficha médica habilitante para los deportistas se le suman estudios adicionales para una actividad “de riesgo”, como la bicicleta ergonométrica o un electrocardiograma. Y, subraya, es costoso: “Muy pocos pueden desarrollarse en él, precisan una ‘espalda’ grande”. Esa espalda tiene pocas variables: un sponsor o la familia.

Barreras que se cruzan. La profesora de Matemáticas Patricia Coiro (45) empezó a correr en 2009. Para 2019 ya estaba aburrida de lo mismo. Tenía nociones básicas de natación y apenas dominaba la bicicleta. “Por estar en el ambiente, tenía varios conocidos que hacían triatlón. Yo tenía ciertos prejuicios, que había que dedicarle mucho tiempo, que había que estar muy ‘despegado’, daba miedo… pero me pareció mucho más desafiante y divertido”. Arrancó ese año primero en un club y luego en uno de los grupos.

Esos prejuicios desaparecieron en ella, pero no en la gente de afuera del ambiente. “Mis amigas mucho no entienden que le dediques tanto a una actividad amateur, que no puedas salir un sábado de noche porque hay carrera el fin de semana, que vos lo entendés como un compromiso”. Patricia también tiene una hija adolescente. “¡Ella cree que estoy loca!”, se ríe. “Pero se da cuenta de que es un momento del día que es para mí, lo disfruto y eso se contagia. Entonces, eso se respeta”.

La simple vista es suficiente para adivinar quiénes llevan más tiempo entrenando y quiénes recién comienzan. Los novatos tienen siempre cerca a uno más experimentado en el agua, para aprender a descansar y saber tomar las referencias, así como a manejarse en el pelotón en bicicleta y saber cuándo dar el sprint. El aprendizaje es paulatino. Lauro cuenta que es común arrancar con la variedad sprint, para luego pasar al olímpico; de ahí al medio ironman (cada vez más popular, llamada 70.3 en la jerga por ser la cantidad de millas que se recorren) y al ironman. Entre sus alumnos hay tres que han incursionado en el ultraman.

Graciela Demetriuc (45) empezó con el triatlón a principios del año pasado. Le llamaba la atención que una amiga que conocía del running -Graciela fue parte del grupo de corredores El Cantero y entrenaba en la plaza 7 del Prado- lo practicara y siempre estuviera con una sonrisa dibujada. Graciela corría y se manejaba bien con la bicicleta, pero le tenía pánico al agua.

“¡Y ahora estoy nadando en mar abierto!”, se ríe esta comerciante que en la playa apenas se animaba a meterse hasta la orilla. Ha sido fundamental la ayuda de sus compañeros del JML Team. Está calculado que desde el muelle del Noa Noa hasta la otra punta, en el “agujero” que estaría debajo de la pista de patinaje, hay unos 400 metros de distancia. Uno siempre nada al lado y otro detrás. Hasta ahora ella no ha podido completar esa recta, pero sus colegas la han asesorado para que nadara por lugares donde siempre hiciera pie. Aunque la Ramírez, resguardada de los vientos por las canteras del Parque Rodó, apenas supera los dos metros en sus zonas más profundas, ella (y otros) por las dudas siempre lleva su flotador.

Los desafíos, dicen los atletas y sus entrenadores, son con uno mismo. La sensación de poder con no una sino tres disciplinas muy exigentes, con la vertiginosa transición de una a otra, da una sensación de volverse un titán. Y nadie quiere estar ausente, pase lo que pase.

“Si bien al principio asusta, nadar en aguas abiertas, en medio de un océano, es una sensación incomparable, te sentís poderosa. ¡Y todo el mundo te ve como ‘la’ deportista!”, cuenta Patricia. Su compañera Graciela habla de la energía que se siente a lo largo del trayecto. “Vos entrás al agua y ya te estás estimulando. Y cuando estás terminando esa etapa ya vas pensando que tenés que sacarte el traje de neopreno y la gorra, tomar la bicicleta y ponerte el casco y el calzado, ¡que es mucha información, que no vas a poder! Y cuando querés darte cuenta, estás pedaleando, pudiste. Ese día, te sentís formidable”.

La mejor actuación se dio en 2019

En Uruguay, la temporada de triatlón se realiza de noviembre a abril; la de duatlón (bicicleta y carrera solamente), de mayo a noviembre. La última temporada que se había iniciado, la 2019-2020, quedó inconclusa por la pandemia de coronavirus. La 2020-2021 directamente se suspendió. De ahí que se valore el esfuerzo de los triatletas por seguir entrenando y organizando competencias internas.

Las potencias continentales son Estados Unidos, México y Canadá. Uruguay está muy lejos de esos niveles. La mejor participación de un triatleta uruguayo fue en los Juegos Panamericanos de Lima 2019, cuando Federico Scarabino -campeón nacional 2019 y ganador del 70.3 de ese año en Punta del Este- logró la 21ª posición.

“Para el nivel uruguayo en comparación con el resto fue un resultado muy bueno. La situación del triatlón en Uruguay, en cuanto a difusión, sponsors y apoyo gubernamental, no es distinta a la de la mayoría de los deportes en el país”, resume el presidente de la Unión Nacional, Líber García.

La cocarda de llegar a la meta

“Vos entrenás más a la mente que al físico. La entrenás para que aprenda a sufrir. Y lo nuestro es totalmente amateur-. Lo nuestro es un entrenamiento profesional, de hasta 20 horas por semana, hecho por un amateur. Nuestra cocarda es llegar al final”.

Gerardo Cancela (59), un hombre dedicado a la actividad agropecuaria y comercial, con dos hijos y dos nietos, es uno de los primeros corredores de ironman de Uruguay. Su primera competencia en esta disciplina -un triatlón de 3,86 kilómetros de nado, 180 kilómetros de bicicleta y 42,2 kilómetros de carreras- fue en Florianópolis en 2008, cuando no había más de ocho o nueve atletas como él en el país. Hoy calcula que superan el centenar.

Cancela comenzó su participación deportiva corriendo. Su primer maratón fue el de Nueva York, en 2002. Luego hizo travesías como la Two Oceans en Sudáfrica (56 kilómetros) o el Cruce de los Andes, entre Argentina y Chile.

“Un día me dije que me encantaría hacer un ironman, el mayor desafío. Fui a acompañar a un conocido mío que iba a correr el de Florianópolis en 2007. Me senté en las gradas y esperé a ver a los ‘mortales’, no a los ganadores. Vi gente que llegaba a la meta 10, 12 o 14 horas luego de haber arrancado. Estaban muertos pero tenían la gloria pintada en la cara. Y yo me dije: ¡eso es lo que quiero hacer!”.

Corredor de maratones, nadador toda su vida, lo que hizo fue perfeccionar la rodada en bicicleta. Ha corrido en México y Brasil. El último ironman que disputó fue en 2016. Quiere hacer al menos uno al llegar a su sexta década de vida.

El récord mundial de ironman corresponde al alemán Jan Frodeno y es de 7 horas, 35 minutos, 39 segundos. El mejor tiempo de Cancela, esa cocarda que le cuelga con un orgullo que no le cabe en el cuerpo, es de 12 horas con 40 minutos.

Para todos, en todo el país

Hay una fecha que el profesor de Educación Física Mauricio Rivas, fundador y director de la Escuela Departamental de Triatlón de Durazno, tiene grabada en su memoria: el 2 de abril de 2010. “Ese día comenzamos un proyecto para instalar escuelas de triatlón de todo el país”. Se trata del emprendimiento Triatlón en los 19 Rincones del que hablaba Líber García, presidente de la federación (ver nota central). Ese proyecto ha avanzado con emprendimientos con diferente grado de avance en Carmelo, Nueva Palmira, Maldonado, Libertad, Paso de los Toros, Paysandú y Trinidad. “Sin embargo, la pandemia nos frenó”.

En Durazno, donde hay una escuela fuerte y locaciones como el río Yi, la pista de atletismo del estadio municipal Landoni y un circuito para el ciclismo en el Parque de la Hispanidad, hay entre 70 y 80 alumnos con edades entre cinco y 55 años. “Obviamente, los objetivos son muy distintos. Para los niños, lo que buscamos es inculcarles hábitos saludables y deportivos desde chicos, a través de la actividad física y la integración social”. Acá los equipamientos caros no corren. “Cualquier bicicleta de la que disponga el niño servirá para su iniciación. Que nadie que guste de hacer deporte quede excluido”, agrega Rivas. Y también ha servido para bajar el promedio de edad de los triatletas en el país.